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La fe y la vida Jn 6,41-51 (TOB19-15)

“Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas”. Con esas palabras el ángel del Señor trata de levantar el ánimo a Elías. El profeta huía de la amenaza real que se cernía sobre él. Había caminado ya durante una jornada por el desierto y se sentía tan desalentado y temeroso que se deseaba la muerte.
Animado por aquella voz que lo despertaba una y otra vez, “se levantó Elías, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios” (1 Re 19,4-8).
 Esa es también nuestra historia, reflejada por tantos elementos simbólicos, como el acecho del mal, la soledad del desierto, los cuarenta días que reflejan la plenitud de la existencia, el ángel que evidencia la presencia misericordiosa de Dios, el monte santo en el que Moisés ha recibido la Ley del Señor, el anuncio de la justicia que se ha confiado al profeta. Y, en el centro, el pan para el camino que lleva al encuentro con Dios. El pan de la vida.

LA CUESTION DE DIOS

El evangelio de hoy nos sitúa de nuevo en el contexto del pan y los peces repartidos y compartidos por la multitud que sigue a Jesús (Jn 6, 41-51). En la sinagoga de Cafarnaúm, el Maestro ha dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”.  Pero los judíos critican esas palabras. Creen conocer a Jesús y a su familia. ¿Cómo se atreve a afirmar que ha  bajado del cielo? Pero a ellos y a nosotros Jesús nos propone los dones de la fe y de la vida.
• “No critiquéis”. También los hebreos habían murmurado de Dios en el desierto. Dios escuchó sus murmuraciones y respondió con el envío de las codornices y el regalo del maná. A las murmuraciones actuales, Dios responde enviándonos el pan de su Hijo.
• “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado”.  Dios está en el origen de la fe. Para aceptar a Jesús hay que abrirse a la fe y a la sospecha de una paternidad insospechada y reconocer que Dios nos ha enviado a Jesús.
• “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”. La herencia de la tierra prometida estaba condicionada a la escucha de la voz del Señor (Dt 15,5). También ahora, la escucha de la voz del Padre nos llevará a descubrir al Mesías.

 LA CUESTIÓN DE LA VIDA

Y junto al don de la fe en el Padre, Jesús expone en su discurso el don de la vida. Los dos están íntimamente unidos por el don del pan, que nos alimenta como al profeta Elías,  mientras vamos de camino. Así lo dice Jesús: 
• “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.  Su bajada fue un anonadamiento. Para él, bajar equivale a entregarse. Jesús ha bajado para encontrarse con nosotros, para revelarnos el amor del Padre y para facilitarnos el camino.   
• “El que coma de este pan vivirá para siempre”. Jesús nos da la vida descendiendo y entregándose. Comer es hacer nuestra su vida y su presencia. Su palabra y su eucaristía alimentan nuestra vida y le abren un horizonte de eternidad.
• “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Desde los tiempos de las primeras persecuciones nos acusaron de comer la carne de Cristo. Pero bien sabemos que su inmolación es fuente de salvación no solo para nosotros sino también para todo el mundo.

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